Opinión

Primer Wimbledon sin Andy

Primer Wimbledon sin Andy
Andy Murray sacando en un partido | Foto: Paul Zimmer - ITF

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Artículo de opinión acerca del legado del ex tenista escocés en su torneo fetiche y, más personalmente, cómo le marcó a un servidor su presencia en el mismo durante todos esos años. 

Un Wimbledon sin Andy Murray

Dentro de poco más de un mes, concretamente el 31 de julio, se cumplirá un año de la retirada oficial de Sir Andrew Barron Murray, el mejor tenista británico que ha habido y habrá (sí, no me olvido de Fred Perry) y, personalmente, el hombre que más feliz me ha hecho en esta vida.

Pese a los innegables esfuerzos de Sinner, Alcaraz, Novak y, últimamente, de Jack Draper, he de admitir que ese considerable vacío que dejó el escocés en mi corazón sigue sin llenarse ni un poquito. Ese sentimiento de pesadumbre se agiganta más si cabe cuando se acerca una nueva edición de Wimbledon, el torneo en el que todos los ingleses se postraron de rodillas ante un puñetero escocés que logró lo que ningún otro tenista de las Islas lleva sin hacer desde 1936: devolver el torneo a su Gran Bretaña natal.

Las mejores batallas de Murray en Wimbledon

Porque cuando llegaba Wimbledon, y también el Open de Australia, no lo voy a negar, yo sabía a ciencia cierta de que estaba ante mis mejores dos semanas del año. Incluso en su peor año antes de que comenzase su particular y fatídico calvario de lesiones, que fue 2014, sabía que Andy lo dejaba todo en su amada hierba. Tanto en Queen’s, donde ostenta el récord de triunfos individuales en la Era Open (cinco) y su nombre luce ya en la pista central del torneo, como sobre todo en el All England Club de Wimbledon.

Tal era su motivación y deseo cada vez que pisaba la pista central, que eso le llevó incluso a jugar con la cadera ya prácticamente destrozada en 2017, su último año como tenista a nivel top. Hasta ese aciago 12 de julio de 2017, cuando acabó literalmente cojo cayendo en cuartos de final frente a Sam Querrey, y desde 2008, me vienen a la memoria recuerdos absolutamente imborrables que tienen como protagonista a este, de nuevo, puñetero escocés de Dunblane.

El primer partido clave de su carrera. Aquella inolvidable remontada frente a Richard Gasquet, casi pasadas las 21:30 de la noche en Londres. Me acuerdo que incluso llegué a mandar a mi hermano mayor a la televisión que teníamos en el dormitorio de mi madre para que viese desde allí la celebración de España por la Eurocopa de fútbol de aquel año.

El electrizante duelo que Murray y Wawrinka protagonizaron un año después y que terminó al filo de las 23:00 de la noche, unos cuartos de final ante Tsonga en 2010, los dos maratonianos partidos frente a Ferru (2012) y Verdasco (2013), ambos en cuartos de final… Qué mal me lo hicieron pasar mis compatriotas.

Esa excitación, esos nervios, esa tensión que me provocaba Andy cada vez que le veía jugar se multiplicaba en Wimbledon, porque, repito, sabía que iba a ver su mejor versión de principio a fin, y no la del “trote cochinero” que ofrecía en otras partes de la temporada. Lógicamente, también hay que mencionar los dos títulos en 2013 y 2016. Muy diferentes los dos, eso sí. El primero, el más ansiado y ante el mejor de todos los tiempos (Djokovic), pero también con cierta sensación de alivio más que de alegría.

El segundo, por contra, mostrando una superioridad insultante sobre todos sus rivales, a excepción quizá del duelo ante Tsonga en cuartos, el único en el que cedió sets en esa edición. Qué manera de destrozar a Nick Kyrgios (7-5 6-1 6-4), a Berdych (triple 6-3) e, incluso, a Raonic en la final (6-4 7-6(3) 7-6(2)).

No hay que olvidar que el canadiense venía de remontar a Sir Roger en semifinales. Pues bien, Murray lo trató como a un sparring. Le restaba todo, incluido un saque a más de 240 km/h que acabó en un passing shot de revés
cruzado del escocés. Con la bola en juego, le movía como quería, le pasaba por donde quería… Fue un absoluto dominio y la última gran demostración de Andy en césped.

La agonía final

Un año después, bueno, ya sabemos todos lo que ocurrió. Su cadera estaba finiquitada desde las semifinales de Roland Garros con Wawrinka, apenas un mes antes de todo esto. Sin embargo, Andy no se planteó en ningún momento bajarse del torneo. Ya en 2013, cuando ganó infiltrado con dolores de espalda, lo avisó: ‘Solo me quedaré en casa si no soy capaz de sostener la raqueta‘.

La cadera aguantó hasta cuartos de final, pero ahí se quedó. Y con ella, se apagó definitivamente la llama de Andy en Wimbledon. Y la mía, también, no lo niego. Cuatro años después de aquello, en 2021, Murray regresó, pero ya sin ese aura infinita, simplemente como un jugador más de los 127 que le acompañaban en el cuadro final.

Lo intentó de todas las maneras posibles, pero nunca más volvió a ganar tres partidos seguidos. Ni en Wimbledon ni en ningún otro Grand Slam. Pese a todo, su sola presencia me animaba cada vez que llegábamos a estas fechas, aunque yo era perfectamente consciente de que lo vivido en el pasado jamás volvería a repetirse.

Y así llego al final de este artículo, que espero que no os haya resultado muy largo, repitiendo lo mismo que en el inicio del mismo. El próximo lunes, cuando dé comienzo el torneo, me sentaré con mi multipantalla de Movistar y veré lo que son capaces de hacer los Sinner, Alcaraz, Djokovic y compañía.

Presenciaré la última vez de Petra Kvitova en Wimbledon, otra tenista que también he tenido como debilidad personal, pero nunca jamás volveré a sentir lo mismo que cuando veía a Sir Andrew Barron Murray saltar a la pista central, o a la uno, según tocara, del All England Lawn Tennis Club.

Mi primer Wimbledon sin Andy… Qué duro resulta asimilar esa frase.

PD: Acaban de anunciar que, para la edición de 2027, Murray será homenajeado en Wimbledon con una estatua en su honor. Esperemos que aquel que la construya no sea el mismo que perpetró la de Cristiano Ronaldo o Dwyane Wade.

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